Siria, una guerra climática (y las que están por venir)

Por Florent Marcellesi y Rosa Martínez

Siria CC 2

Publicado en eldiario.es, el 09/09/2015

Ahora por fin hemos recordado que en Siria hay guerra, que es ese horror de lo que huye la gente que llega a Europa. Así que ahora es el momento también de entender por qué hay guerra en Siria. Para ello, recordemos que en septiembre de 2010 una sequía en el noroeste de este país dejó a millones de personas en la extrema pobreza. En marzo de 2011 empezó la guerra, siendo las primeras revueltas en los lugares más secos del país.

¿Puede una sequía causar una guerra? Por supuesto, dada sus consecuencias gravísimas sobre las cosechas o la disponibilidad de agua. De igual manera puede serlo la sobreexplotación de recursos, la deforestación, la desaparición de tierras fértiles y en general cualquier fenómeno climático o ambiental que altere las condiciones de vida y de acceso a los recursos básicos de la población. Todas estas causas pueden ser algunos de los detonantes o el multiplicador de una crisis, junto con una serie de condicionantes políticos, sociales y productivos.

Thomas L. Friedman, premio Pulitzer y columnista en el New York Times, ha relacionado de forma brillante en diversos libros y reportajes los conflictos en Oriente Medio, como en Siria, con los factores ambientales. No olvidemos tampoco que Dafur puede ser considerada la primera guerra climática y que hay estudios que demuestran la influencia de El Niño en las guerras civiles de los países tropicales desde mediados del siglo XX. Mientras tanto, las Primaveras Árabes en Túnez, Egipto, Libia, etc. fueron primero unas “revueltas del hambre” donde la crisis alimentaria que las generó tiene a su vez unas fuertes raíces medioambientales, climáticas y energéticas.

Que no nos quepa la menor duda: los conflictos y amenazas climáticas se van a multiplicar y, como dice Friedman, “puede ser que dentro de 20 años solo hablemos de esto”. Y con ellas, aumentarán evidentemente el número de personas migrantes y refugiadas. De hecho, hoy el cambio climático es ya la primera causa de migraciones en el mundo (¡solo en 2011 más de 40 millones de personas!). Y según ACNUR, en los próximos 50 años hasta 1.000 millones de personas, principalmente en países más empobrecidos pero no solo se verán forzadas a mudarse de territorio por razones climáticas.

Ahora bien: la pregunta es, si una vez repartidas las personas refugiadas de Siria entre los países europeos; si una vez que nos hayamos olvidado de los niños sirios ahogados o del vergonzoso confinamiento en campos de refugiados en Hungría; si una vez que este drama deje de ser portada de actualidad; si entonces tendremos la valentía de actuar de forma decidida contra el cambio climático cuya mayor responsabilidad es nuestra, es decir de los países del Norte (lo que incluye la Unión Europea y España).

La interconexión del mundo en que vivimos es tal que las centrales térmicas de carbón de nuestro oligopolio eléctrico, nuestro sistema de transporte basado en el coche privado o nuestro nivel de consumo insostenible, son directamente responsables de que millones de personas migren, se refugien o mueran a causa del cambio climático en el mundo. La suma de las emisiones de carbono que los países más enriquecidos vertimos a la atmósfera han provocado y siguen provocando miseria y violencia, cuyas consecuencias, como las de Siria, llegan a nuestras puertas tarde o temprano.

La presión ciudadana para reclamar la acogida y los derechos de las personas refugiadas provenientes de Siria ha sido ejemplar. Utilicemos esta ola, para ir más allá y reclamar acciones concretas y decididas para atajar las causas que generan millones de desplazamientos forzados en el mundo. En esta dinámica, la Cumbre del Clima de París a finales de este año (llamada COP21) es una oportunidad política para comprometerse por dejar de subvencionar e invertir en energías fósiles, apostar por una transición ecológica hacia un nuevo modelo productivo y de consumo donde el bienestar es compatible con los límites del planeta y financiar a los países más empobrecidos en su lucha contra el cambio climático. Y, al igual que las ciudades-refugios no esperaron al gobierno para actuar, pongamos en marcha desde abajo una revolución verde.

Se lo debemos a Aylan y su familia, a las personas sin nombre que migran arriesgando su vida cada día tratando de llegar a un lugar seguro, a quienes no pueden huir y sufren el horror de las guerras que generamos —en parte— desde Occidente, a nuestro Planeta y a nosotras mismas y nuestras hijas.


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