El futuro de Europa será negro o verde

Por Florent Marcellesi, eurodiputado de EQUO / @fmarcellesi

Artículo publicado en eldiario.es el 06/09/2018

El futuro era esto. La revolución tecnológica y digital ha traído un mundo extremadamente interconectado, abriendo oportunidades democráticas y retos económicos hasta ahora impensables. Al extenderse la globalización, las interdependencias y nuevas formas de gobernanza transnacional, la idea de Estado-nación está dejando paso a nuevas formas de entender los derechos civiles, la participación política y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. La acumulación de la riqueza en pocas manos se ha intensificado y el poder de algunas corporaciones multinacionales ha alcanzado niveles obscenos. Por su parte, el modelo de desarrollo basado en la industrialización, el crecimiento infinito y el consumismo desenfrenado ha tocado techo a medida que las reservas fósiles en las que se cimentaba se comenzaron a agotar. El calentamiento global ya es una realidad a contener y, con él, la desestabilización climática y sus efectos en forma de desastres naturales,  migraciones masivas y pérdidas económicas. La contaminación del aire, el suelo y la pérdida de biodiversidad, así como la alimentación ‘low cost’, empiezan a tener impactos serios en nuestras ciudades y campos, en nuestra salud y en el bienestar animal. ¿Y ahora qué?

La magnitud y urgencia de estos retos globales exigen altas dosis de realismo, responsabilidad y visión política, desde el nivel local hasta el europeo. Las recetas de ayer son inútiles para seguir asegurando la prosperidad económica y la calidad de vida de las personas en el mundo de hoy y mañana. La ciudadanía está lista para un cambio de rumbo, pero hay una política fósil en Europa que se resiste, una opción inmovilista que cree que su modelo obsoleto solo necesita un cambio estético, un poco de simbolismo y una pincelada verde. Lo hemos visto en el gobierno de Emmanuel Macron. La reciente dimisión de su ministro de “Transición Ecológica”, Nicolás Hulot, demuestra que lobbies como las eléctricas, la agroindustria o la caza son quienes llevan las riendas del ejecutivo francés. Pero también en el Gobierno de España, mientras la transformación ecológica no sea asumida como prioritaria y transversal en todas las políticas, y mientras medidas simbólicas como la recepción del Aquarius tengan las devoluciones en caliente y los CIE como la otra cara de la misma moneda. ¿El resultado? La frustración: el combustible del populismo reaccionario.

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