El nuevo orden climático busca nuevos liderazgos

Por Florent Marcellesi, eurodiputado de EQUO / @fmarcellesi

Artículo publicado en efeverde.com, el 22/11/2016

En COP21 el año pasado en París, ganamos la batalla política y cultural: la lucha por el clima pasó a ser hegemónica. Este año en COP22 en Marrakech, marcada por la ratificación en menos de un año del Acuerdo de París y por la elección a presidente de Estados Unidos de un negacionista climático, esta “hegemonía climática” se ha reivindicado frente a Trump, dando continuidad política y técnica a lo aprobado en París. Pero si algo ha demostrado COP22 es que el nuevo orden climático mundial ansía nuevos liderazgos.persononapipe

Primero, ya sea en la declaración política final de Marrakech o en las intervenciones de los representantes de los diferentes países a lo largo de la semana, COP22 ha enviado un mensaje claro: diga lo que diga Trump, haga lo que haga, no hay marcha atrás en la lucha contra el cambio climático. El Acuerdo de París ha sido revalidado con el apoyo de la Unión Europea (UE) y China (¡e incluso de Rusia y los países petrolíferos!), mientras  el impulso complementario de las ciudades, regiones, sociedad civil y empresas está haciendo de la transición ecológica una ola de fondo imparable.

De hecho, la economía real se mueve a un ritmo cada vez más rápido: ya son decenas las iniciativas que desde diferentes niveles han puesto en marcha la transición energética hacia unas sociedades libres de carbono. Por ejemplo, mediante los “planes 2050” o la coalición de países vulnerables comprometidos con el 100% renovable en la mayor brevedad posible, ambos nacidos al calor de COP22, llegan señales potentes que invitan a un  cambio de modelo a largo plazo, a la desinversión en las energías sucias y la inversión en las energías limpias, y al reconocimiento del liderazgo complementario de los países más vulnerables o de los actores no estatales como las ciudades y las regiones. El Acuerdo de París sigue abriendo ventanas de oportunidad y nuevas dinámicas políticas y sociales que hay que saber aprovechar y fomentar.

Nuevo orden climático

Al mismo tiempo, si bien las decisiones finales de COP22 no representan ningún paso atrás en comparación con París, tampoco se ha dado un salto cualitativo relevante acorde a la urgencia y justicia climáticas. Por ejemplo, en términos de compromisos de reducción de emisiones (que por ahora nos llevarían  a un aumento de temperatura de 3 grados), debemos ser más mucho más ambiciosos si queremos cumplir con el objetivo de no superar el grado y medio de aumento de temperatura fijado en el Acuerdo de París. En cuanto a la financiación en los países más vulnerables, uno de los puntos de negociación más conflictivos de COP22, es urgente disponer cuanto antes de los 100 mil millones de dólares al año comprometidos por los países industrializados y, al mismo tiempo, reequilibrar mejor los fondos entre mitigación (sobrerepresentados con un 80%) y adaptación (infrarepresentados con solo un 20%). Hoy los que más sufren los impactos del cambio climático son  aquellos que menos responsabilidad tienen en el cambio climático. Y son ellos quienes más necesitan desde ya estos fondos para adaptarse a la nueva realidad climática.

También esperábamos más ambición por parte de la UE, que hace apenas un año declaraba estar dispuesta a aumentar sus compromisos de reducción de CO2 en caso de conseguir un acuerdo como el de París. Tras la irrupción de Trump en la geopolítica mundial, la UE tiene la responsabilidad y la oportunidad de asumir y compartir claramente este liderazgo. Sin embargo, su división interna (marcada por los palos en las ruedas de Polonia e Italia o la inacción de países como España) frena constantemente esta posibilidad. Por otro lado, mientras el comisario Cañete hace gala de buen talante y buenas palabras en Marrakech —y recuerda con razón que la UE es el primer donante para el fondo verde climático—, en Bruselas la misma Comisión Europea propone medidas como el “paquete de invierno” sobre energía que dejan muchas puertas abiertas a las energías sucias. También en Europa tenemos que ser coherentes y  pasar de las palabras a la acción.

En cuanto a España, el papel de nuestro gobierno en COP22 ha pasado sin pena ni gloria. El presidente Rajoy vino tan solo a hacerse la foto con el Rey de Marruecos, la ministra Tejerina no quiso tomar ninguna iniciativa proactiva más allá de los flojos compromisos actuales de España, y el ministro Nadal vino a Marrakech para anunciar que dejaría en manos del mercado el futuro de las centrales de carbón. Con estos mimbres, por ahora el proyecto de ley española de cambio climático es una cáscara vacía. Digámoslo claro: para ser plenamente coherente con el objetivo de 1.5 grados fijado por el Acuerdo de París y frenar el aumento de las emisiones nacionales en estos dos últimos años, una Ley española de Cambio Climático verdaderamente efectiva pasa por compromisos de reducción de CO2 mucho más ambiciosos para 2030, y por la puesta en marcha de una estrategia clara hacia una economía española libre de carbono en 2050, en definitiva, pasa por el fin de las energías sucias, como el fracking o el carbón, y por el apoyo decidido a la reducción del consumo energético y a la producción de energías limpias.

El año que viene, la cumbre climática COP23 tendrá lugar en Bonn bajo la presidencia de las islas Fiji. Afrontaremos este nuevo reto de las negociaciones climáticas internacionales con liderazgos renovados, mientras seguimos impulsando la transición ecológica desde nuestras casas, barrios, ciudades, colectivos sociales, empresas e instituciones. Los líderes de la lucha climática también somos nosotros y nosotras.

 


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