Europa 2030: la gran transformación ecosocial

Por Florent Marcellesi

Europa Hoja

Publicado en la Revista Trasversales, febrero 2014. Este artículo es un extracto del artículo epónimo del libro “¿Qué Europa queremos? Ideas y políticas del siglo XXI para un continente justo, democrático y sostenible” (Ecopolítica, Marcellesi F. y Seijo F. (eds)), Icaria.

Imaginémonos en 2030. ¿Qué Europa tendremos en estas fechas? O mejor dicho, ¿qué Europa pensamos podemos construir desde la Ecología política? ¿Qué implica una Europa más solidaria, ecológica y democrática? Con esta visión, les invito a proyectarnos en un futuro europeo cercano. Además, para que este ejercicio no sea un simple brindis al sol, lo hago en base a hechos reales y con posibilidades de ocurrir. Dentro de los muchos futuros posibles (algunos muy indeseables), alcanzar uno como éste que sea a la vez posible, desea­ble y necesario dependerá de nuestra capacidad para crear una mayoría cultural y política a nivel local y transnacional (…)

Una visión cultural, socio-económica y ecológica de 2030

Asistimos en esta primera parte del siglo XXI a una toma de conciencia y un cambio de cultura fundamental. La mayor parte de la humanidad reconoce su papel como fuerza geológica (1) y asume que su capacidad de transformación (o, mejor dicho, de destrucción) de su entorno no es sostenible, ni justa. En 2030 estamos entendiendo que la naturaleza no es un objeto dispuesto para nuestro dominio y para nuestro provecho. Más bien al contrario, nuestra supervivencia depende de ella. Somos seres y sociedades eco e interdependientes (…) La humanidad, y en particular Europa, ya no lucha contra la naturaleza. Cada día se entiende mejor que es parte integral de ella y que tiene que respetar sus ritmos, es decir la capacidad de regeneración y asimilación de los ecosistemas (…) Por tanto, está adquiriendo importancia poco a poco la necesidad de velar por el largo plazo y la preservación de los recursos naturales (…)

Esta toma de conciencia va acompañada y se ve reforzada por la cruda realidad económica y ecológica. En 2030, se está comprobando que la decadencia progresiva del crecimiento del Producto Interno Bruto en los países occidentales en general y en Europa en particular no era puntual, sino estructural. Ya no queda duda de que el crecimiento no volverá y que Europa ha salido del breve periodo de su historia (que se inició después de la segunda guerra mundial) en que su modelo económico, la paz social y el progreso se basaba en un aumento continuo de las cantidades producidas y consumidas (2). La escasez de los recursos naturales en general y de las energías fósiles en particular forma parte del panorama cotidiano. Europa responde a esta nueva situación marcada además por una feroz competencia internacional y multipolar (EEUU, China, India, Rusia, Brasil y Japón son las potencias regionales dominantes) ya sea en torno a tierras fértiles, energía, agua, tierras raras, etc., o al dumping salarial, fiscal y ambiental (…)

Por otro lado y debido también al cambio cultural simultáneo, tampoco se ve como deseable que vuelva el crecimiento (…) La Unión Europea ha concluido que no es posible que vuelva el crecimiento y que tampoco es deseable, ya que es un factor de crisis que obstaculiza la búsqueda de bienes­tar y amenaza el planeta. En cuanto a las políticas de austeridad, tras su fracaso en los años 2008-2020, quedan totalmente despreciadas y descartadas. Ni “austeridad punitiva” (que castiga a las personas que menos tienen), ni vuelta al crecimiento (que castiga los ecosistemas y las generaciones futuras), Europa apuesta por una transición ecológica (…)

Más Europa, otra Europa

Dentro de este nuevo marco cultural, económico y geopolítico, la ciudadanía europea se ha reconciliado con la idea europea y nos hemos reencontrado con su razón de ser. Tras la crisis existencial iniciada en el 2008 y un largo debate ciudadano y político, se ha impuesto la idea de que la Unión Europea es esencial para conservar la paz en nuestro continente. De hecho, la crisis ha provocado de forma paradójica que cuando más esté amenazada Europa, más se hable de ella y que todas las opiniones públicas de la UE hablasen de lo mismo al mismo tiempo (la crisis económica, la Troika, el futuro de Europa, etc.). Esta dinámica tuvo un efecto colateral positivo: la creación de un espacio público europeo (…) Tras su fuerte auge en Grecia, Hungría, Finlandia o Francia, la extrema derecha -como respuesta violenta, xenófoba y ferozmente antieuropea a la crisis económica y la desorientación colectiva- se repliega, siendo combatida con mayor democracia y mayor solidaridad.

También ha sido rechazada mayoritariamente otra salida, comprensible pero equivocada: el repliegue hacia los Estado-Naciones. Los Estado-naciones europeos y sus ciudadanías se dieron cuenta que cada uno por su lado, aún más ante el poder de las multinacionales y de otras potencias mundiales, eran incapaces de luchar contra los paraísos fiscales, el dumping fiscal, social o ambiental, regular el mercado, controlar las finanzas, aportar respuestas transfronterizas a las crisis ecológica, social y económica, y proveer un marco de paz y solidaridad a nivel europeo y mundial. Más bien al contrario, para aportar respuestas correctas a desafíos globales en sociedades y mercados interdependientes, se necesita reforzar a la vez la integración europea y su pluralidad. Superar la globalización neoliberal y desarrollista así como domar la esfera económica demanda un cambio de escala que está dando Europa, influyendo en el resto de potencias (…)

Transición ecológica de la economía (3)

El pilar de las nuevas políticas de la UE es la transición ecológica de su(s) eco­nomía(s). Tras descartar por fin las políticas de austeridad y del crecimiento, la UE continúa apostando desde la mitad de los años 2010 por una salida ordenada del producir mucho (y mal), de la competencia y de la ley del más fuerte hacia otra economía en la que prime la sostenibilidad y la calidad, la cooperación y la solidaridad basada en:

  1. La reorientación de forma progresiva del modelo productivo hacia la sobriedad y la adecuación con los límites ecológicos del Planeta.
  2. La lucha de forma eficiente y a gran escala contra el paro, en una sociedad donde la ausencia de un trabajo remunerado suele desembocar en procesos de exclusión económica y social.

Después de varios años aplicando esta política, se ha comprobado que el impacto neto sobre el empleo de la transformación de Europa hacia una economía baja en combustibles fósiles y baja en carbono es claramente positivo. Los empleos verdes y dignos, ya sean en rehabilitación de edificios, energías renovables y eficiencia energética, agricultura ecológica, gestión de residuos, industria ambiental, movilidad sostenible, economía social y alternativa o economía del cuidado, tienen muchos beneficios. Minimizan el impacto sobre el medio ambiente, son más numerosos que los empleos en sectores “marrones” (los muy intensivos en capital, energía y carbono pero poco en mano de obra), son de calidad y favorecen la economía real y local. Por ejemplo, al alcanzar una reducción de emisiones de gases de efecto invernadero de 30% en 2020, se crearon 6 millones de empleos adicionales a nivel europeo, lo que compensó ampliamente los 300.000 puestos de trabajo que se destruyeron en el sector del carbón (…)

Para financiar esta inversión con criterios de equidad y sostenibilidad -y de paso regular los mercados-, la UE primero se ha dotado de un presupuesto europeo digno de un organismo geopolítico de su importancia. En segundo lugar ha contado con el impulso del Banco Europeo de Inversiones (BEI) a través de la creación de una línea de “crédito verde” y la movilización de capitales privados. Además, una reforma fiscal donde pagan las personas que más tienen y más contaminan ha sido puesta en marcha (…) Por último, también se ha logrado reorientar masivamente el presupuesto adscrito a la Política Agrícola Co­mún (el 50% del presupuesto comunitario en 2013) hacia la agroecología y la soberanía alimentaria.

Junto con esta reorientación del modelo productivo, la UE ha tomado conciencia de que una fuerte cohesión social es esencial para una transición ecológica exitosa. Por tanto, planteó la necesidad de una (re)distribución de la riqueza. Después de que el Parlamento Europeo pusiera tope a las remuneraciones de los banqueros en 2013, la cuestión de la renta máxima se instala en el debate político y, de forma voluntaria o legal, asistimos a una reducción de la desigualdad entre las rentas más bajas y más altas. Además, se inició un reequilibrio paulatino a favor de las rentas del trabajo en detrimento de las rentas del capital (…)

Una economía saneada y al servicio del bienestar europeo

La Gran Recesión posterior a 2008 ha dado a luz por fin a la Unión bancaria europea. A pesar de muchos titubeos y tanteos, ésta se fundamenta en tres pilares: supervisión bancaria europea (Europa controla los bancos de cada Estado-miembro), la creación de una autoridad europea de resolución bancaria (para sanear los bancos insolventes) y la puesta en marcha de un sistema común de garantía de los depósitos para no castigar a los ahorradores. De esta manera, la UE ha logrado romper los vínculos desestabilizadores, y a veces ilegítimos, entre deudas de los bancos y deudas de los Es­tados, así como terminar con los riesgos sistémicos del sector bancario (4) (…)

La UE y sus Estados-miembro se han propuesto también poner fin al dumping, bajo todas sus formas: fiscal, social, ambiental, etc. En particular y gracias al impulso del Parlamento Europeo desde la legislatura 2009-2014, la armonización fiscal -que ahora se decide por mayoría relativa y no por unanimidad- ya es una realidad: existe en toda Europa un impuesto mínimo y co­mún sobre sociedades, lo que ha evitado la devaluación interna, la competencia des­leal entre Estados-miembro o una mayor evasión fiscal. Además, los paraísos fiscales han ido cayendo uno por uno dentro de Europa, desde Chipre hasta Austria, Suiza y la City. De hecho, las instituciones europeas han aprobado el fin del secreto bancario y un mecanismo de intercambio de información automático entre administraciones fiscales europeas. Este golpe a la economía de casino supone 1 billón de euros más para las arcas públicas a nivel europeo, es decir ¡2.000 euros por cada ciudadano europeo al año!

Veinte años después de la Gran Crisis, está definitivamente salvado el euro. La UE se ha dotado de los mecanismos necesarios para consolidar una moneda común. La creación de un “Tesoro europeo”, una mayor integración política, la puesta en común de la política monetaria, el control político del Banco Central Europeo, la puesta en marcha de mecanismos de solidaridad y redistribución entre países europeos en tiempos de crisis (como una prestación de desempleo y una seguridad social de ámbito europeo) han sido fundamentales para que el euro pudiera ser un instrumento al servicio del bienestar europeo (…)

Por último, gracias a la movilización social, se consiguió parar el tratado de libre comercio entre EEUU y la Unión Europea. En base a una lucha política y social intensa, se paró este acuerdo negociado des­de la más absoluta opacidad amenazaba gravemente los estándares europeos sociales, ecológicos y culturales de los servicios públicos, del mercado laboral, de la propiedad intelectual o de la agricultura, y reforzaba aún más el papel de las multinacionales (principalmente estadounidenses) y no tenía en cuenta la escasez energética y el cambio climático.

Asamblea constituyente y Europa federal

Tras años de crisis institucional, en la UE hemos llegado a una conclusión clara: no es posible construir Europa desde una perspectiva principalmente económica y de arriba abajo. Además, la complejidad de las instituciones europeas se había transformado a su vez en un laberinto incomprensible y lejano para la ciudadanía de a pie. Para remediar este problema, se fue fraguando la idea de un proceso constituyente donde la ciudadanía europea decidió qué Europa quería, sus reglas comunes y el sentido de la construcción europea. En la legislatura 2014-2019, se convocó una Asamblea Constituyente Europea que fue un revulsivo potente y se convirtió en una de las medidas estrella respaldada por una mayoría política y social plural a nivel europeo.

Su labor fue transparente y abierta a la participación de la sociedad civil y de allí salió una propuesta de Ley Fundamental para Europa, es decir una Constitución Europea. Este texto corto y simple, unas veinte páginas que incluyen los derechos fundamentales de la ciudadanía y los mecanismos institucionales básicos de la Unión Europea, fue legitimado por la ciudadanía europea. Pasó por una doble ratificación: la ciudadana a través de un referéndum europeo en una circunscripción única (lo cual no estaba prohibido por los tratados) y de una mayoría de territorios (es decir, la mitad más uno de los Estados miembros). También constitucionalizó la “Ciudadanía europea de residencia” que dio los mismos derechos sociales, culturales, políticos, ambientales, etc., a cualquier persona de la UE, independientemente de su nacionalidad. Esta regeneración democrática de Europa dio lugar a los primeros pasos hacia una Europa Federal. De esta Constitución salió la nueva estructura institucional de la Unión Europea formada por un Euro­parlamento y un Eurosenado (5), un go­bierno europeo proveniente de la mayoría europarlamentaria y una corte de justicia independiente (…)

Las resistencias al cambio

Evidentemente, esta nueva mayoría social, cultural y política se ha construido -y se sigue construyendo- de forma lenta y sólida. Encontró y encuentra todavía las resistencias de varios sectores: las multinacionales han perdido mucho poder, influencia y cuotas de mercado en estos años, las clases más favorecidas han tenido que realizar un esfuerzo fiscal importante y muchos trabajadores han tenido que cambiar de sector productivo. Incluso algunos países se han planteado salirse de la Unión Europea. Los cambios han generado conflictos de mayor o menor intensidad tanto en la calle como en las instituciones. Sin embargo, la transición consigue llevarse a cabo de la forma más ordenada y pacífica posible. Hemos aprendido a gestionar los conflictos de forma más civilizada y no violenta. En este sentido, la nueva política europea anticipa los acontecimientos sociales y ecológicos, planifica de forma participativa y dialogada con los agentes sociales y sindicales, y en general con la ciudadanía, las evoluciones sociales y económicas.

En 2030, Europa -y sus componentes regionales- respira un aire nuevo, el de la solidaridad y de la ecología como ejes y horizonte de un futuro común y compartido. Con estos avances, la ciudadanía europea se siente orgullosa del camino recorrido y con fuerza para seguir adelante. Los lunáticos tenían de nuevo razón, otra Europa era y seguirá siendo posible.

NOTAS

1. Según el concepto acunado por Paul Crutzen, hemos entrado desde hace un par de siglos en el Antropoceno. Véase también Zalasiewicz, Jan et al. (2008): «Are we now living in the Anthropocene?», GSA Today 18 (2): pp. 4–8.

2. Para más datos sobre esta decadencia estructural, véase Gadrey, Marcellesi, Barragué (2013): Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible. El Viejo Topo.

3. Para profundizar en este tema, se recomienda Marcellesi, F. (2013): Transición ecológica de la economía. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo?, Manu Robles Fundazioa.

4. En 2008 el sector bancario era “too big too fail”, es decir “demasiado grande para quebrar”.

5. El europarlamento representa las corrientes ideológicas a nivel europeo, mientras que el eurosenado representa a las regiones europeas. Véase más en la entrevista a Gérard Onesta en el capítulo 4 del libro ¿qué Europa queremos?

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