Mujeres, naturaleza e igualdad

Por Florent Marcellesi

ecofeminismo

Extracto del libro “Cooperación al posdesarrollo. Bases teóricas para la transformación ecológica de la cooperación al desarrollo” (Bakeaz, 2012).

El camino hacia la sostenibilidad requiere un cambio de perspectiva hacia la igualdad de género. Al mismo tiempo, el bienestar de las mujeres depende de su relación con el medio ambiente.

De hecho, en los círculos institucionales de más alto nivel, parece haber consenso: “el empoderamiento de las mujeres y la garantía de un rol más importante para ellas en la economía son esenciales para lograr un desarrollo sostenible” (Groupe de haut niveau du Secrétaire général de l’Organisation des Nations Unies sur la viabilité mondiale, 2012). En esta óptica, a través de varios informes, tanto el PNUD (2007) como el PNUMA (2004) recogen claramente las relaciones entre género y sostenibilidad, reconociendo que las diferentes posiciones sociales de hombres y mujeres, así como el conocimiento que han tenido tradicionalmente del medio natural, implican que unos y otras hayan tenido y tengan un papel y una visión diferente respecto al uso, control y gestión de los recursos naturales, y en los beneficios que esto conlleva. Más aún, como lo mostró Shiva, el “mal desarrollo” que acaba con la agricultura de subsistencia familiar, los bosques comunales o la biodiversidad, provoca el deterioro de las condiciones de vida de las mujeres rurales de los Países del Sur que, por ejemplo, se ven obligadas a caminar kilómetros para buscar la leña que antes encontraban junto a su aldea, enferman con nuevas dolencias debidas a la contaminación por pesticidas y terminan viviendo con su prole en las chabolas de las grandes capitales. Ellas conocen la cara siniestra de la “modernización” (Shiva, 1995).

Al mismo tiempo, Puleo (2009) advierte que los términos “mujeres” y “ecología” no son sinónimos: las mujeres no están de manera innata más ligadas a la Naturaleza y a la Vida que los hombres. Más bien, el interés que poseen las mujeres por los temas ecológicos no es un mecanismo automático relacionado con el sexo sino más bien una construcción social y subjetiva:

“El colectivo femenino no ha tenido, por lo común, acceso a las armas y ha sido tradicionalmente responsable de las tareas del cuidado de la vida más frágil (niños/as, mayores y enfermos) y del mantenimiento de la infraestructura material doméstica (cocina, ropa, etc.), desarrollando, en términos estadísticos, una subjetividad “relacional”, atenta a los demás y con mayor expresión de la afectividad. Cuando estas características se unen a una adecuada información y a una sana desconfianza hacia los discursos hegemónicos, se dan las condiciones para que se despierte su interés por la ecología” (Puleo, 2009).

Sin embargo, la religión y la filosofía han presentado a la mujer como Naturaleza y sexualidad, mientras que el pensamiento occidental ha generalizado una percepción arrogante del mundo en la que la Naturaleza es simple materia prima, inferior y existente para ser dominada y explotada. De esta manera, la Mujer ha sido naturalizada y la Naturaleza ha sido feminizada (íbidem): supone un doble proceso de dominación que tiene su paradigma en la devaluación de todas las tareas relacionadas con la subsistencia y el mantenimiento de la vida de baja huella ecológica (empezando por las actividades domésticas y del cuidado, consideradas como “improductivas”) de acuerdo al estatus inferior otorgado a la Naturaleza. Mientras tanto, las tareas relacionadas con la producción, mayoritariamente realizadas por hombres y de dominio de la Naturaleza con una alta huella ecológica, son consideradas como creadoras de riqueza y superiores.

Además, la crisis multidimensional y civilizatoria del sistema socio-económico dominante ha desembocado en una crisis de reproducción social, es decir “el conjunto de expectativas de reproducción material y emocional de las personas que [al resultar] inalcanzables, pueden, a menudo, derivar lisa y llanamente en muerte, como ocurre con la crisis alimentaria” (Pérez Orozco, 2012) y de crisis de los cuidados, es decir “la dimensión concreta de [las] expectativas de reproducción: los cuidados, implicando que los arreglos del cuidado son insatisfactorios, insuficientes, precarios y no libremente elegido” (íbidem) que afectan primero a las mujeres tanto en el Norte como en el Sur y se retroalimentan con la crisis ecológica global.

Dentro este marco teórico y entrando en detalles, podemos distinguir las diferentes posiciones sociales relacionados de las mujeres con el medio ambiente, a través de las categorías siguientes:

1) La división del trabajo. Por construcción social, el papel de reproducción de la vida que cumplen las mujeres las perfila como las responsables del aprovisionamiento familiar y colectivo, tanto de recursos materiales como energéticos. De esta manera y sobre todo en los países empobrecidos, según el rol que tradicionalmente les ha tocado desempeñar como encargada del bienestar de su familia, las mujeres suelen llevar a cabo funciones claramente definidas en la vigilancia de las tierras y el agua, la ordenación de la fauna y la flora de los bosques, las tierras áridas, los humedales y la agricultura o la recolección de agua, combustible y pasto para uso doméstico y como fuente de ingresos (PNUMA, 2004). Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en el mundo hay más de mil 600 millones de mujeres rurales, la mayoría agricultoras, que representan más de la cuarta parte de la población mundial. Ellas producen entre el 60% y el 80% de los alimentos en los países del Sur, la mitad a nivel mundial (FAO, 1996) y son las productoras de los principales cultivos básicos de todo el mundo ―arroz, trigo y maíz―, que proporcionan hasta el 90% de los alimentos que consume la población empobrecida de las zonas rurales (2). En este contexto, la deforestación, la desertificación o la pérdida de biodiversidad, al provocar una situación de escasez, repercuten principalmente en mujeres y niñas en términos de tiempo y de esfuerzo físico, provocando una mayor dedicación a la recolección y transporte de los materiales para satisfacer las necesidades del hogar, a costa de otras actividades como la educación o la participación en la esfera productiva (PNUD, 2007).

Por otro lado, las mujeres generan ingresos principalmente dentro del sector informal y muchas veces son fundamentales para la supervivencia familiar y reproducción comunitaria. Por ejemplo, las mujeres y las niñas de los países empobrecidos son las principales productoras de energía a través de la recolección y transporte de leña y otros combustibles (residuos agrarios y ganaderos) para satisfacer las necesidades energéticas del hogar (PNUMA, 2004). Al mismo tiempo, como usuarias de energía, transformadoras de los productos alimentarios o de otros insumos procedentes de la biosfera, las mujeres suelen ser las responsables de las actividades y los servicios domésticos que requieren de estos recursos (cocinar, calefacción, iluminación, etc.). De esta forma y aunque no de forma valorizada por la sociedad, los hombres o el mercado, se convierten en importantes gestoras de los recursos naturales, la biodiversidad y de los procesos de reproducción de la vida, influenciando directa e indirectamente el consumo o hábitos energéticos, alimentarios, etc. del resto de los miembros del hogar y de la comunidad.

2) Los conocimientos, la cultura y las tradiciones. Existe una idea asumida dentro de la cooperación internacional que coincide en señalar que los conocimientos de las mujeres sobre el medio ambiente son un recurso muy valioso que se ha desechado y minusvalorado con demasiada frecuencia. En efecto y por construcción social y relacional, las mujeres suelen depender más de los recursos naturales y también de los recursos de propiedad y gestión comunitaria, por lo que tienden a acumular y a defender conocimientos y saberes relacionados con los ecosistemas y la biodiversidad. Estos hechos tienden a acentuarse en las comunidades empobrecidas que dependen aún más directamente de los recursos naturales. Por lo tanto, la experiencia de las mujeres en lo que respecta a la gestión del medio ambiente y la protección de la biodiversidad las convierte en una fuente de conocimientos que hay que valorar y potenciar (PNUD, 2007). Además si consideramos, como Mies y Shiva (1993), que tradicionalmente los valores del género femenino se refieren al respeto, la comprensión, la protección, la solidaridad, etc, mientras que los valores del género masculino que predominan en la actualidad se refieren a la fuerza, la competitividad, la agresividad, etc, los conocimientos socio-ecológicos de las mujeres son clave para una transformación ecológica de las sociedades del Sur y del Norte.

3) El acceso y control de los recursos. Ya sean por razones sociales, políticas, culturales o de tradición, las mujeres se ven a menudo limitadas al acceso y al control de los recursos sean de todo tipo (económicos, financieros, productivos, etc.) y, en el marco de nuestro estudio, de los naturales, en particular la posesión de la tierra. Más concretamente, estas limitaciones pueden ser debidas a un nivel de educación más bajo, a la falta de tiempo ligada a la división del trabajo y/o a la actividad doméstica y de cuidado, a la falta de capacidades y de empoderamiento, a las normas establecidas que favorecen al hombre, a las relaciones sociales de desigualdad y/o de opresión promovidas por el mercado o el Estado. En el caso energético, el PNUD (2007) considera que, aunque las mujeres pueden tener cierto acceso a las fuentes energéticas, habitualmente no tienen pleno control sobre las mismas. Por supuesto, estas limitaciones en el control de los recursos interfiere a su vez en el acceso a los beneficios de los ecosistemas. En este marco, la condición jurídica y social y el poder y la posibilidad de acceder a ellos por parte de las mujeres determina si ellas pueden aprovechar plenamente sus capacidades (Koos, 2000).

4) Participación política y adopción de decisiones. La posición de una mujer dentro de su familia y en la comunidad, y su grado de participación política, determinan en gran medida el control que tiene esa mujer sobre las decisiones relacionadas con el medio ambiente, como los métodos de cosecha y de cultivo, la asignación de beneficios, incluidos los ingresos, y las actividades de conservación y regeneración del medio ambiente (íbidem). Por ejemplo, a pesar del importante rol que juegan como usuarias, productoras y en determinados casos como agentes públicos, políticos o comunitarios en materia de energía, la mayoría de las veces, las decisiones sobre si adoptar o no una nueva tecnología, o sobre la compra de combustible, generalmente recaen en manos de los hombres (PNUMA, 2004) o la participación de las mujeres en la toma de decisiones en el campo de la energía es escasa o nula (Rukato, 2002, in PNUD, 2007).

De forma práctica, es posible y necesario integrar un enfoque de género desde un punto de vista ecotransformador tanto en el Norte como en el Sur:

  • Destacar las desigualdades y desequilibrios de poder entre mujeres y hombres al analizar el acceso, los usos, los derechos y la distribución de los beneficios relativos a los recursos naturales. En particular, es necesario conocer los roles de género, incluida la división del trabajo en función del sexo, en la ordenación de los ecosistemas, la recolección de recursos naturales para uso doméstico y como fuente de ingresos o la vigilancia de las tierras y el agua.
  • Apostar por políticas y programas que beneficien directamente a las mujeres: reducción de su carga de trabajo y tiempo empleado en la búsqueda de combustibles o agua, actividades de generación de ingresos vinculadas a los recursos naturales, fortalecimiento de sus capacidades productivas y organizativas, o mejora de su salud y disminución de la contaminación del aire en las viviendas.
  • Apostar por políticas y programas que promueven la integración de los hombres en la esfera de la reproducción y de los cuidados, y les transmitan valores de protección y respeto de la naturaleza. Además es importante informar, sensibilizar, empoderar y formar de modo diferenciado a las mujeres y hombres sobre género y medio ambiente.
  • Garantizar la igualdad de estatus legal para las mujeres y su derecho de propiedad y acceso a los espacios medioambientales. Supone en la práctica eliminar las barreras a los recursos productivos como la tierra, la propiedad, el crédito, los servicios financieros, etc.;
  • A nivel de participación pública, garantizar la representación paritaria en foros y negociaciones internacionales o locales y en cualquier proceso de toma de decisiones vinculadas con el medio ambiente. Puede pasar por la puesta en marcha de políticas y proyectos socioecológicos liderados, diseñados y planificados por mujeres o la sensibilización de las dimensiones de género de las instituciones en todos los niveles de la sociedad.
  • Reconocer los saberes y conocimientos ecológicos de la mujer y valorizarlos social y/o económicamente.
  • Garantizar el acceso universal a una planificación familiar accesible y de calidad y a otros derechos y servicios de salud sexuales y reproductivos.
  • Aumentar el acceso de las mujeres a las oportunidades educativas, especialmente aquéllas que son más relevantes para una economía sostenible.

A modo de conclusión, la sostenibilidad de la vida en el centro.

Ante las crisis ecológicas, de reproducción social y de los cuidados (véase capítulo 2, apartado género y sostenibilidad), es necesario superar el conflicto “capital-vida”. En este marco, se trata a la vez de combatir el proceso de financiarización de la economía que “produce una parte creciente de generación de beneficios con una desconexión tremenda de los procesos vitales mismos” y  no caer en una mera apuesta por una lógica de competencia por los empleos entre hombres y mujeres que, en última instancia, es indicativa de un error más profundo: la reivindicación de la producción como fin en si mismo (Pérez Orozco, 2012). Al contrario, desde postulados basados en el “buen vivir” y desde la plena conciencia de los límites de la biosfera, se trata de apostar por poner la sostenibilidad de la vida en el centro, lo que significa “considerar el sistema socioeconómico como un engranaje de diversas esferas de actividad (unas monetizadas y otras no) cuya articulación ha de ser valorada según el impacto final en los procesos vitales” (íbidem).

Más allá de la cultura androcéntrica y antropocéntrica, es a su vez una apuesta por la superación de la división entre Naturaleza y Cultura que ha marcado la historia de la humanidad, con muchísima fuerza desde la revolución industrial. Como explica Puleo (2009): “los seres humanos somos Naturaleza y Cultura en una compleja unidad. Será necesario recordar a los varones que “también” comparten esa misma doble pertenencia, una verdad a menudo olvidada debido a la construcción de la virilidad patriarcal. Lograríamos, así, una redefinición del ser humano un poco más realista, más modesta, más igualitaria y más apta para hacer frente a los problemas del siglo XXI”. En esta óptica, para que la “sostenibilidad de la vida” sea el centro de un nuevo paradigma supone priorizar tanto para mujeres y hombres la esfera de la reproducción de la vida (asociada a valores del género femenino del cuidado de las personas y de la naturaleza) a la esfera de la producción (asociada a valores de género masculino del dominio y control de la naturaleza).

Asumiendo por tanto que somos ecodependientes e interdependientes, es de sumo interés dinámicas de empoderamiento de mujeres (y hombres) como el Movimiento Cinturón Verde, creado por Wangari Maathai en Kenia en 1977 y que constituye uno de los primeros esfuerzos por incorporar los vínculos entre el género, la gestión y conservación de los recursos naturales, la democracia y la paz, como la Fundación Navdanya impulsada por Vandana Shiva para crear bancos de semillas comunitarios, recuperar saberes autóctonos y luchar contra la biopiratería. En este sentido, los vínculos cada vez más fuertes entre los movimientos de soberanía alimentaria como Via Campesina y las organizaciones feministas como la Marcha Mundial de Mujeres abren brechas también contra “un modelo agroindustrial kilométrico, intensivo, generador de cambio climático, que acaba con la agrodiversidad” (Vivas, 2012) hacia otros modelos biodiversos, respetuosos de los ciclos de la naturaleza, extensivos y equitativos desde una perspectiva de género.

El siglo XXI será ecofeminista o no será.

Notas:

(1) Más en detalle: en el sudeste de Asia, las mujeres representan hasta el 90% de la mano de obra necesaria en el cultivo del arroz, en el África Subsahariana, las mujeres producen hasta el 80% de los alimentos básicos para el consumo familiar y la venta, ellas cultivan hasta 120 especies vegetales diferentes en los espacios libres junto a los cultivos comerciales de los hombres. Las mujeres realizan del 25 al 45% de las faenas agrícolas en Colombia y Perú. En algunas regiones andinas, las mujeres establecen y mantienen los bancos de semillas de los que depende la producción de alimentos. En Rwanda, las mujeres son las productoras tradicionales de judías, conocidas como la “carne” del campo, que aportan una cuarta parte de las calorías y casi la mitad de las proteínas que ingiere la población.

Bibliografía:

  • Groupe de haut niveau du Secrétaire général de l’Organisation des Nations Unies sur la viabilité mondiale (2012). Pour l’avenir des hommes et de la planète : choisir la résilience. Présentation générale. New York. Nations Unies.
  • PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) (2007): Enfoque de equidad de género para iniciativas de energía sostenible, PNUD
  • PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) (2004): La mujer y el medio ambiente, Nairobi, PNUMA.
  • Mies, M., y V. Shiva (1993): Ecofeminism, Toronto (Canadá), Fernwood.
  • Pérez Orozco, A. (2012): De vidas vivibles y producción imposible, disponible aquí.
  • Puleo, A. (2011): Ecofeminismo para otro mundo posible, Madrid, Cátedra.
  • Puleo, A. (2009): “Ecofeminismo: la perspectiva de género en la conciencia ecologista”, en VV.AA., Claves del ecologismo social, Libros en Acción, Ecologistas en Acción, Madrid, 2009, pp169-174). Disponible en Ecopolítica.
  • Shiva, V. (2005): “Cómo poner fin a la pobreza” Time Magazine.

Crédito imagen: aquí.


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