Cambio climático sí, pero en Lakua

Hay que felicitar al Departamento de Medio Ambiente del Gobierno vasco por la valiente actitud de crear una agencia transversal dedicada a luchar contra el cambio climático en la comunidad autónoma. Se trata de una acción de indudable efecto mediático que contribuye a abrillantar la apolillada y poco sostenible imagen que la Administración goza a lo largo y ancho de nuestra geografía. Uniendo esta noticia a la reciente apertura de un nuevo parque eólico en el extremo más lejano del Puerto de Bilbao, parecería que Euskadi se está tomando muy en serio aquella mítica Declaración de Desarrollo Sostenible firmada hace ya unos cuantos años por el propio lehendakari, Juan José Ibarretxe. Por desgracia, nada más lejos de la realidad.

Somos conscientes de las gravísimas consecuencias de las emisiones de CO2, al igual que una buena parte de los habitantes de este planeta. Un lugar donde el descubrimiento de un minúsculo nicho ecológico no tocado por el ¿homo sapiens? se convierte en noticia mundial, mientras que una proporción ingentemente superior de ecosistemas y especies desaparecen cada año bajo las orugas de las excavadoras. Por este motivo, una agencia de estas características, donde departamentos tan dispares como Transportes, Vivienda, Educación y Agricultura compartan su responsabilidad junto con la de los ciudadanos en el deshielo de los polos no puede ser más que bienvenida.

Sin embargo, y desafortunadamente, en Euskadi el problema del cambio climático no es más que la punta de un gran iceberg (no blanco, sino gris), que es totalmente ajeno al CO2. Se trata de un ecosistema glaciar a prueba de soplete, donde la perfecta simbiosis entre los agentes privados, las instituciones y los representantes políticos, que son las especies dominantes, han hecho que el interés público se convierta en la única especie en extinción. Lo resumía muy bien la consejera de Medio Ambiente, Esther Larrañaga, en un artículo sobre la conmemoración del aniversario de Kioto. Citando a Wangari Maathai, la activista keniana ganadora del premio Nobel del 2004, se podía decir más alto pero no más claro: la situación del medio ambiente en cualquier lugar es el reflejo del modo en que allí se gobierna.

Vivimos una época en la que todo vale en Euskadi. La búsqueda de la autosuficiencia total, como si del Santo Grial se tratara, junto con el espejismo de modernidad y progreso que nos quieren vender desde Lakua están convirtiendo nuestro patrimonio natural y cultural en hormigón. Los grandes proyectos de infraestructuras, la punta de lanza de la Administración vasca, se convierten mágicamente en actuaciones de impacto medioambiental “positivo severo”. Hasta la reciente del parque eólico de Ordunte (y veremos cómo termina), no ha habido una Declaración de Impacto Medioambiental (DIA) negativa en toda la historia de Euskadi.

Peor aún: las insuficientes, aunque vinculantes, premisas contenidas en estas DIA no son más que papel embarrado para los promotores de las obras, como lo es la propia legislación de protección medioambiental. Para ejemplo tenemos el nuevo puerto de Mutriku, donde están actualmente machacando un área de protección estricta bajo la atenta mirada de Azti, la mejor agencia del mundo mundial. El problema del proyecto de Mutriku no es que la DIA no se esté cumpliendo en absoluto, no es que cuente con un permiso de Adscripción sobre Dominio Público irregular (por no decir otra cosa); el problema no son los veinte millones de euros que se van a convertir en hormigón para un puerto de tres barcos pesqueros, ni siquiera el macropuerto deportivo que con dinero público va a ocupar la totalidad del puerto histórico. El problema real somos los que nos quejamos y queremos proteger el patrimonio e idiosincrasia de la villa. El problema somos los que queremos impedir que Mutriku coja el gran TAV del progreso, que no la prosperidad.

Y esta historia se está repitiendo a lo largo de todo nuestro pequeño litoral: Orio, Zumaia, Ondarroa, Hondarribia, Pasajes…, al igual que en nuestros montes, Markina, Aulestia, Urkiola, Udalatx…; lugares donde donde todo lo que antes gozaba de un rango de protección superior se está convirtiendo, repentinamente, en horadable y canterable. Y es que hace falta piedra caliza, piedra abundante, piedra barata, para que Euskadi se convierta ese mítico gran territorio donde a los jeltilak no les van a quedar rocas que arrojar, Mari se tendrá que mudar de su cueva y los Basajaunak se convertirán en guardas de seguridad de tanta infraestructura “necesaria”.

Señora Larrañaga, para cuando ustedes alcancen el nivel de emisiones regulado por el Protocolo de Kioto ya no va a quedar tierra ni espacio que proteger. Son ustedes, nuestros representates, los que realmente necesitan un cambio climático. Un cambio de mentalidad que incluya la sensatez, la racionalidad y la sensibilidad en las decisiones de inversión. Ni siquiera les podemos otorgar el beneficio de la duda. El único aliento que se percibe en este iceberg gris es el urbanístico. Todo lo demás, son declaraciones solemnes y justificaciones surrealistas, como la de destinar el tren de alta velocidad (TAV) al transporte de mercancías o afirmar con rotundidad que en el actual puerto de Pasajes no hay sitio para nada.

Iñigo Aguirre y Florent Marcellesi , coportavoces de Berdeak-Los Verdes.


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